A, el Albayzín

A, el Albayzín

ProsaPoetica2 1 - A, el Albayzín

Desde aquella atalaya aleatoria —aquel sencillo e indiferente mirador—, de pronto, descarrilados del andén de lo previsible, embargados por una acogedora introspección súbita, un anhelo indefinible, una urgencia epifánica, aprehendidos entre la aurora y la alborada, quizá cominados por las energías telúricas de ese lugar al arropo del manto áureo de la Alhambra, quedamos aturdidos, hechizados en observación silente de aquellas construcciones convocadas sobre el terraplén con forma de A desjarretada del Albayzín, embobados, asidos a una afinidad inquietante, absortos ante el cuadro de su acento atemporal, de su férvida y evocadora silueta arcana.

Al escudriñar en tan mirífico trance el angosto arrabal zirí, a un tiempo tan uniforme y tan dispar, se diría que se desvaneciera su monótona alcurnia, que perdiera por momentos su natural idiosincrasia cual si la tintura de un adarce místico distorsionara su real apariencia en un alarde mitológico; las casas, apiñadas como la inefable dentadura de un cancerbero, semejaban de pronto un adoquinado pretérito dispuesto al capricho de mentes prehistóricas, un exceso de pecas arrojadas con presteza, la colorida guijarrada que abastece de fondo a un río cualquiera, un ábaco desorientado, una colosal áspid o anguila parda plegada sobre sí misma cual alebrije gigante, un ajedrezado marfíleo y almagre de piezas vagas y abarquilladas, un motín de reos tan apretados que sus cuerpos penden aledaños sustentados los unos por los otros, una alfombra de hilachas despuntadas, un absceso purulento, un abotonado y laberíntico mosaico de tejas y cal, un panal repleto de abejas aterizadas en el tiempo.

Paralizados por la visión insondable, como ápteros presos en el islote del ensimismamiento, atrapados, no pudimos hacer otra cosa sino mirar, alimentarnos —atragantarnos— de uniformidad desparejada, aspirar su esencia arrebatadora, drenar las impurezas de nuestras almas en una ablución impúdica, un préstamo avalado por auspicios de divinidad, una ingravidez alquitarada con cautela, una aquiescencia unánime, el asenso original. Hasta que cesó de súbito como una antuviada feroz, se nos mostró efímero y abrupto cual algarazo destemplado. Tras la abulia, recuperados del letargo hipnótico, absueltos de una breve amnesia y con los ojos aun fijos en la tediosa disparidad que abarrota la colina atrapada entre cielo y tierra como ambuesta entre los goznes de ciclópeos dedos y muñecas contrapuestas, abocados a la comprensión, amedrentados, nos supimos sin duda recién liberados de una magia adocenada e inenarrable, antídoto para la indiferencia de la austera realidad, en pugna con lo sobrio de vivir como autómatas de andrajosa dilección. Una pátina de admiración paciente nos había uncido a aquel abigarrado terraplén del que se desprendía tal gracia de agónica y adusta homogeneidad pese a la desemejanza acanalada sobre la tierra: pudimos colegir que se había producido una alegórica y desconcertante conexión entre nosotros y las edificaciones, una inesperada anagnórisis, una plática imposible, un aderezo olímpico, una hierofanía antediluviana, una mutua y adulzorada ensoñación nutricia, un fervor aglutinante, un anticipo de gloria de los cielos, una breve aspiración de nirvana eterno, un intercambio anómalo de pareceres enfrentados por nuestras aquilatadas pero disímiles naturalezas. Una suerte de comunión adventicia nos abocaba al entendimiento con lo inanimado, un espejo de almas que nos vinculaba por un instante a humanos y constructos en una representación afable y armoniosa, en una alteridad extravagante, en un diálogo inconsciente y velado, en una alevosa y equilibrada concomitancia conversacional afónica, en un baile mudo de consciencias.

Abolidos de lo real y tangible pero abatidos por la repentina pérdida de lo divino, agostados por una abducción dadivosa, reos de un antojo artífice de nuevos desvelos, disueltos en la aceptación del acerbo de lo cotidiano pero aún yacientes en un tergal de cabos profundamente insertos en lo onírico y absurdo, como albaceas de un testamento ignoto, apadrinados por un saber ancestral, atrapados en un ardid por lo común inaccesible, vetado con astucia, escamoteado para humanos en un arancel que a la luz de tal entelequia se tornaba ya angustioso por no atisbar como posible el reencuentro, nos sentimos ahítos, profunda y atentamente vivos, aupados a un estrato empíreo.

Durante el incuantificable aliento en el que a modo de rehén fue tomada al alba la suma de nuestras intelecciones, durante el periplo del ágape imposible, de la aviesa sensación de comunicación trascendente entre seres vivos e inertes, más allá de toda ensoñación fantasmagórica y aflicciones mundanas, abstraídos de lo prosaico, a resguardo del atentado de lo banal, afanados en el degustar ambrosíaco, apantallados por la algazara de nuestro diálogo subtérfugo, fuimos del todo ajenos a las múltiples y distantes interferencias sensoriales, como el arrullo o aroma de abubillas o abedules, alcotanes o abetos, águilas o acebos, alondras o adelfas, ánades o alerces, azores o algarrobos, ánsares o alhelíes, alcavaranes o achicorias; de todo lo existente y lo que no, en ese u otro tiempo, en ese u otro lugar, aventados por la aceptación de sentirnos como adeptos de aquel mantra de hermanamiento, aunados por el breve apagón de las ascuas de la memoria y avenidos para toda disputa pasada presente o futura, apercibidos del aditamento vital que constituía tan repentina y atildada ataraxia, hubo una única verdad ineluctable: nadie pudo imbuirse del arrojo necesario para abandonar, abatir, abrogar, afrentar, agotar, agraviar, ahuyentar, ahogar, ajar, amputar, apabullar, aplastar, apocar, arramblar, arrancar, arrasar, arriar, arruinar, asolar, astillar, astringir, atarazar, atosigar, atropellar, avasallar, avergonzar o azorar el silencio.

Cómo se hizo

Recuerdo perfectamente el momento en el que comencé este experimento estético. Debía ser mayo o junio de 2017 cuando me hallaba con unos amigos en un mirador encarado al Albayzín, –donde nunca antes había estado– sumido en una animada charla, cuando poco a poco dejamos de hablar y quedamos en silencio contemplando un paisaje que nos aventaba a su admiración. Recuerdo que, gobernado por aquella poderosa llamada, no pude contenerme y esbocé las primeras frases del texto allí mismo, como tratando de captar la esencia de lo que (nos) sucedía. Escribía en cortos intervalos y cuando nos recuperamos de aquella experiencia, apenas tenía un manojo de frases deslavazadas. También recuerdo que en cuanto llegué a mi casa me puse a trabajar con entusiasmo sobre el texto, y tras una primera escritura «completa» finiquitada al día siguiente, ocurrió que me di cuenta de que tenía bastantes palabras que empezaban por
«a», de modo que me planteé si podía ser un interesante ejercicio forzar el texto para plagarlo de palabras empezadas por «a» y tratar así de crear una suerte de aliteración que resvalara por todo el texto y, tras una breve y vacilante deliberación, concluí que merecía la pena hacerlo, así que lo que siguió fueron dos intensas semanas en las que no paré de apretar las tuercas léxicas todo lo que pude a este pequeño experimento mío hasta que llegado un punto de cierta «exhaustitud», tiré de wikipedia para la traca final y concluí que era más que suficiente.

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