Sí, quiero

Sí, quiero

Microrrelato2 1 - Sí, quiero

Amelia suspiraba por lo intenso de la tesitura. Le invadía una extraña dualidad reconocida en aquella completitud reconfortante: el por fin, y la vacuidad insondable de tentar el precipicio sin amarre, ambas, sensaciones opuestas y análogas, pero fuertemente impulsadas por una simple idea paradigmática: levantar el pie del acelerador y dejar que la inercia hiciera su trabajo. Y mientras: consignas, pensamientos, frases; el consentimiento matrimonial, que de golpe parecía largo tiempo atrás pronunciado y de pronto tan cercano, el «hasta que la muerte os separe», arroz, noche de bodas y toda la hostia. Mientras todo eso bailoteaba en los adentros de su cabeza, a la par, ella recitaba de nuevo todo el episodio sin poder evitar abstraerse hasta la anterior iteración del relato y casi sintiendo fatiga por la de veces que, una vez dado el paso, tendría que volver a contarlo todo con menos pelos y más señales en virtud del cotillismo vecinal: «Pues sí, cuando entré no entendía el desbarajuste, parecía que hubiera pasado una despedida de solteros drogaos, o como si hubieran asaltao una banda de chalaos con el propósito de romper, no de robar. Los cuadros rotos, los muebles descolgaos, las lámparas todas destartalás, hasta las sillas esturreás por ahí. Ningún sentido tenía el destrozo ese, ninguno hasta que entendí»; y transportada por la reinterpretación, el eco de sus palabras, casi milimétricas, le trajo al recuerdo también el rostro de su amiga Mercedes que asentía en silencio con una mezcla entre perplejidad y pánico, la una por lo que escuchaba y el otro por las heridas que Amelia presentaba. «Y luego a urgencias, así, con toda la cara rota y sangrando tanto que ni dándome con el trapo podía tener los ojos abiertos más de cinco segundos sin verlo todo rojo. ¡Y cómo escuece la sangre, ni te imaginas!», le decía a ella. En ese caso había seguido hablando de la curación como si tal cosa, evitando esa pregunta, pero el llanto se le ahogó en la garganta y tragó fuerte para oprimir las lágrimas. Su boca fue muda pero sus ojos respondieron que no, que no había sido la primera vez, y volvió a la realidad de otra pregunta a la que en este caso no podía dejar sin respuesta:

—Entonces, ¿confirma que quiere interponer una denuncia por malos tratos y solicita una orden de alejamiento contra su marido?

Dedicado a Carmen Flores Ayala y a todas las «Amelias»

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